28 de octubre de 2012

Cuenta la leyenda...


Cuenta la leyenda, que un día un bosque se llenó de niebla. Una niebla tan espesa que ni el propio sol tenía fuerza suficiente como para atravesarla. A medida que avanzaba serpenteante entre hojas, ramas y troncos, los animales escapaban de su alcance intimidados. El sol se ocultaba detrás de las lejanas montañas a medida que el bosque se sumía en un mar de nubes. La niebla avanzaba imponente sin preocuparse por nada de lo que arrasaba. De pronto el bosque pareció cambiar de actitud y se dejó acariciar por la suavidad de la que le envolvía. Parecía que había comprendido que ella no era un enemigo como todos los animales creían, sino un aliado. Ésta parecía absorber la energía de hojas, hierba, troncos y tierra, y empezó así un baile que perduraría en la historia y cambiaría la energía del mundo.

La niebla avanzaba tranquila volviéndose cada vez más espesa, más imponente, más enigmática. El límite del bosque estaba cerca y algunos animales habían escapado armándose de valor hacia tierras desconocidas, pero otros, como pájaros, ardillas y búhos, se quedaron a contemplar a ese ser tan extraño que había invadido su hogar. Pronto vieron gracias a su aguda vista, unas pequeñas motas más densas que el resto de la bruma. La oscuridad empezaba a cobrar protagonismo, y fue en el momento en el que el sol desapareció detrás de las montañas cuando esas pequeñas motas empezaron a brillar como pequeños soles. Millones de soles avanzando hacia el límite del bosque, el cual empezaba a brillar desde el interior lleno de energía. Algo maravilloso estaba ocurriendo, y los testigos contuvieron la respiración maravillados y asustado de aquella muestra de poder y energía. Comprendieron entonces que aquellas motas de luz eran el resultado de toda la energía del bosque recogida por la niebla. Era energía, era naturaleza, era luz, era magia... Era el origen de las hadas.

18 de agosto de 2012

La noche


Justo en ese momento abrió los ojos. El sol se había ido hacía ya mucho tiempo, y la noche sin luna había llegado. Era la noche más oscura que podía recordar, tan oscura que incluso hasta la misma oscuridad tenía miedo de sí misma. La madera se quejaba en susurros del fuerte viento otoñal, logrando que éste, como hermano mayor que hace rabiar a su hermana pequeña, tuviera más ganas de seguir molestando. En el jardín los árboles cantaban una melodía ensayada a lo largo de los siglos y eterna como la vida misma.
De repente, todo se calmó: el viento, la madera y el cantar de los árboles. Si el silencio pudiera hablar, en ese momento gritaría de alegría, ya que todo, absolutamente todo, contenía la respiración.
El destino jugó una carta, haciendo que un relámpago iluminara la escena, logrando que la oscuridad se escondiera por un segundo atemorizada por tal ataque hacia su persona. Aparecieron sombras grotescas en paredes, suelo y techo. La madera se quedó quieta y asustada por tal despliegue de energía, y después… volvió la oscuridad. El silencio, triunfante seguía presente, feliz por su reciente victoria, aunque lo que no sabía, es que en pocos segundos, su alegría sería arrebatada por el trueno.
Y así, en medio de una celebración silenciosa, llegó el estruendo que hizo que toda la calma recogida por el silencio se rompiera en mil pedazos, haciendo temblar a la madera y, por qué no, a la oscuridad también.
Cuando la terrible sacudida terminó, los árboles comenzaron a cantar de nuevo y la oscuridad volvió a hacer acto de presencia. El viento volvió a molestar a la madera y la oscuridad volvió a su largo letargo. Todo parecía volver a su sitio cuando una luz parpadeante iluminó vagamente la habitación, entrando por lo que un día fue una ventana de cristal, ahora ahogada por la vegetación y desgastada por el tiempo.
Una elegante figura se incorporó y fijó sus grandes ojos en el origen de semejante misterio. Notó en sus huesos como la atmósfera cambiaba, cómo la oscuridad, derrotada y cansada por tanto ataque hacia su labor se marchaba discretamente para ir a otro lugar en el que podría trabajar sin interrupciones. La madera se quejó fuertemente cuando la figura empezó a acercarse a la ventana.
Lo curioso es que cuando nuestro protagonista alcanzó a ver el misterioso origen de aquella fuente de luz, toda la estancia  volvió a tensarse y a contener la respiración. Aquello que se reflejó en sus grandes ojos fue algo extraño, algo que no era común en el mundo de los humanos, y menos en el de los animales. Decidió investigar, armándose de valor.
Descendió hasta el límite del bosque y con el sigilo propio de los felinos, se adentró hacia la luz. Cuando estaba lo suficientemente cerca de su objetivo comenzó a rodearlo, intentando averiguar lo que era. Pero la luz era tal que no lograba ver nada, sólo una pequeña esfera tan luminosa como el mismo sol en miniatura. Paciente, se ocultó en unos matorrales y decidió esperar hasta que el sol volviera a aparecer, o hasta que la energía de aquella extraña bola se apagase.
Pasaron las horas y poco a poco la luz del pequeño sol se fue debilitando. Llego un momento en que nuestro protagonista pudo distinguir una pequeña forma… aunque todavía no lograba adivinar su naturaleza.
Notó un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, haciendo que su pelaje se bufara. En ese preciso momento la luz del pequeño sol se apagó. Las orejas de nuestro protagonista se concentraron atentas a cualquier sonido procedente de aquella dirección. Dejó pasar unos pocos minutos más, y tras ver que nada ocurría, que nada se movía ni hacía amago de levantarse, comenzó su marcha. Poco a poco, sus patas le guiaron hasta ahí, y cuando llegó… no había nada. Ni un rastro, ni un olor, ni una hoja quemada… nada.
Decepcionado, se quedó mirando el lugar donde creía que encontraría… lo que creía que encontraría. De pronto algo le golpeó la cabeza. Asustado corrió hacia su escondite durante esas últimas horas. Sus orejas miraban en todas direcciones buscando a su agresor, hasta que otra vez, volvió a surgir una débil luz, aunque en esta ocasión, ésta se movía rápidamente entre troncos y ramas, llenando de sombras el bosque. Nuestro protagonista seguía agazapado entre las hojas, esperando no ser descubierto por aquella extraña luz, que inevitablemente le iluminó, descubriendo así su escondrijo. Él, que no podía moverse debido al extraño encanto de su atacante, se quedó anclado en la tierra fascinado por si belleza mientas ella se acercaba despacio hacia él. La luz se fue apagando, hasta brillar lo suficiente como para que los ojos de nuestro protagonista pudieran adaptarse a tal resplandor y alcanzaran a adivinar, por fin, la forma de su extraño visitante.
Como un humano en miniatura, la criatura flotaba sobre las hojas caídas del otoño. No superaba en altura a nuestro querido protagonista, un elegante gato negro como la noche y de ojos claros como la luna. Se acercó lo suficiente y le acarició el hocico desplegando unas halas más transparentes que el agua y logrando aumentar su tamaño considerablemente. Miró directamente a los grandes ojos que le observaban fascinados y aterrados, y entonces, todo se paró.
Con una simple mirada, la criatura, una criatura caída de los cielos, le contó que debía cumplir una misión, allí en su hogar, la cual consistía en proteger los bosques de los humanos que los destruyen por egoísmo. Ella, una criatura nacida entre las estrellas de la noche más oscura, y con suficiente luz como para brillar igual un sol, dispuesta a cuidar de todo un bosque y protegerlo con su magia.
Al terminar, la criatura se separó, y dirigiéndose hacia el corazón del bosque dispuesta a cuidar de aquello que se le había encargado, dejó otra vez en la más oscura de las noches al bosque y al gato negro… una oscuridad tan negra, como la que precede al amanecer más claro.

28 de febrero de 2012

El incendio del número 7 de la calle Umbría

El día termina. El bosque cercano a la capital Himmel se prepara para una noche oscura y fría. Entre los árboles, ardillas, topos y pájaros escuchan que algo se acerca. El viento golpea las ramas desnudas de los árboles dormidos, y de repente, un carro oscuro como la noche que cae, atraviesa el camino dirección a Himmel.
Dentro del carruaje, tirado por dos corceles oscuros, está el investigador Logan. Su mirada se centra en la carta que días atrás llegó a su oficina. El remitente tenía el sello de la guardia de Himmel. El jefe de la guardia, un profesional en defender el orden dentro de las murallas, le pedía ayuda en un suceso extraño. Un caso peliagudo que precisaba del ingenio del investigador, como en otras tantas ocasiones.
El carruaje se detiene tras atravesar el porton que lleva al barrio de los mercaderes. El investigador pasaría esta noche en el Hotel Gerrs.
Al amanecer del día siguiente, el investigador se dirige a los barrios bajos en su carruaje para ver el escenario del crimen. El chófer detiene el carro en una calle paralela por petición del investigador.  “No es bueno llamar la atención” piensa Logan.
Baja y pide al chófer que aguarde unos momentos. Se dirige a un callejón oscuro y húmedo y cruza a la otra calle. Aparece frente al número 7 de la calle Umbría. Un mendigo está tirado en la acera, medio muerto por el frío, pero cuando el investigador se acerca al portal, este se levanta de un salto y se dirige hacia él.
– ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? – pregunta el mendigo.
– Soy el investigador Logan, y por lo que veo tú no eres un simple mendigo. El jefe de la guardia ha recurrido a mis servicios para este caso.
– Está bien. Daré parte al jefe del caso.
Tras la conversación, el guardia disfrazado de mendigo le abre la puerta del portal y el investigador entra en el inmueble.
El olor a putrefacción es repugnante, y la escena que observa Logan es menos agradable todavía. Un hombre sentado en una silla en el centro de la habitación le espera observándole con ojos mirando a la nada desde el interior de su propio vientre vaciado. Las tripas le cuelgan hasta el suelo, encharcado con una sangre oscura y ya seca. Las manos del individuo han desaparecido tras un corte sucio, casi parece que se las hallan arrancado retorciéndolas. Tras el cuerpo mutilado se halla en la pared el símbolo del hacha de Demon pintado con sangre.
Tras observar el macabro escenario y tomar algunos apuntes rápidos, el investigador ordena quemar la escena y el cuerpo para eliminar toda posible prueba. Nadie debería ver lo que sus ojos han contemplado.
Además, el jefe de la guardia le pidió expresamente que no corriera la voz. Si la gente de Himmel llegara a saber que Demon ha vuelto, y anda suelto por las calles de la ciudad, cundiría el pánico y la investigación se vería seriamente afectada.
Logan se aleja en dirección a su carruaje. El edificio arde en llamas mientras el sol se alza sobre los edificios en un nuevo día, y las gentes de Himmel empiezan a despertar.

3 de febrero de 2012

Historias de Guerreros VI: el duelo


El hombre que viste de negro y esconde su rostro tras un pañuelo, dispara sus flechas a la señal del him. Su puntería es asombrosa. De un solo disparo, clava dos flechas en la sien del durei que ha elegido. Rápidamente, otras dos salen disparadas del mismo escondite y dan a parar al pecho descubierto de otro guerrero durei.
El enano y el him salen al ataque. Voy detrás. Ataco al durei más cercano. Le pillo desprevenido y atravieso su carne con mi espada. El enano le corta la cabeza de un movimiento. El cuerpo se desploma lenta y pesadamente sobre la hierba.

Al otro lado del claro, el him lucha contra el durei que queda con vida. Las espadas chocan una y otra vez. Empiezo a andar hacia ellos, pero el enano me detiene. Le miro, pero él sigue con la mirada en el  baile de hierro y sangre. Comprendo. Es su lucha, no la mía.

La espada del durei dibuja una línea de sangre en la pierna derecha del him, que cojea y se apoya en la izquierda, pero rápidamente recupera la compostura y adopta una posición de ataque. Su pierna se tiñe de rojo. El durei aprovecha esta vacilación y vuelve a atacar. El him le ve venir y esquiva el golpe. Aprovechando la inercia del movimiento le corta parte del costado desnudo, del que sale una importante cantidad de sangre. El durei grita, más de rabia que de dolor. En ese momento gira sobre sí mismo y ataca más furioso que antes a su oponente. El him, con la pierna resentida, bloquea el golpe, pero la fuerza de su rival puede con él y le tira al suelo.

Veo que el hombre de negro sale de su escondite y prepara su arco, pero no apunta. Miro al enano a mi lado, aun con una actitud relajada. ¿A caso soy el único preocupado por el guerrero him?
El him en un pobre intento de defenderse, lanza un ataque a las piernas del durei, pero éste lo esquiva fácilmente. De una patada se deshace de la espada del guerrero derribado. Se coloca cerca suya y se arrodilla a su lado. Con las dos manos en la espada, levanta ésta sobre su cabeza, preparándose para dar el último golpe del duelo.

30 de noviembre de 2011

Historias de Guerreros VII: El combate


Jamás había visto algo igual. Nunca antes un objetivo había sobrevivido a un lanzamiento doble… pero en esta ocasión el durei fue más rápido que mis flechas… Sus ojos se posaron en mí, y entonces el tiempo se sumó a la velocidad de los reflejos del durei.

El faero apareció primero. Sus ojos ciegos e inyectados en ira no se apartaban de su objetivo, con el que se enzarzó en un baile de acero y peligrosos movimientos. Enseguida salí de mi asombro y mis músculos empezaron a reaccionar. Como un gato me deslicé por el terreno y preparé mi siguiente lanzamiento aun por detrás de los árboles. Mi objetivo ya no era el durei de múltiples tatuajes, sino uno de los dos contrincantes a los que se enfrentaba Ulkorn. La flecha le impactó en toda la nuca y se desplomó cual saco de arena. Su compañero pareció no inmutarse de la repentina muerte y siguió atacando sin piedad. No me preocupé por Ulkorn el enano, sabía que acabaría con el durei en cuestión de minutos.

Mi vista busco a Alkar. No le vi por ninguna parte. Me preocupé ya que el durei que había sido mi primera presa, el que parecía el jefe tampoco se encontraba por ahí. De repente a mi derecha cayó el tronco de un árbol escandalosamente sobre otros árboles.

El grito de guerra de un durei es algo que una vez lo escuchas es difícil olvidar… básicamente porque visita tus pesadillas con una regularidad que roza la pesadez.  En mi caso ya lo había oído en otras ocasiones, pero siempre lograba ponerme los pelos de punta. Alkarn apareció saltando el tronco tumbado y seguidamente detrás de él y con un saltó más ágil de lo que a primera vista parece, el durei jefe. Tenía en sus manos una espada con el filo desgastado y quebrado… vaticinando que el afortunado que rozara con él tendría una muerte dolorosa, o al menos unas heridas difíciles de desinfectar.

El durei alzó la espada. Alkarn se giró y encaró el golpe, pero su adversario lo superaba en fuerza y cayó al suelo de espaldas. Me escondí tras un árbol y tensé el arco. Cuatro flechas, una tras otra impactaron en piernas y torso del durei, quien se alzaba imponente ante mi compañero him. Paciente, esperé a que el durei apartara su atención de donde me encontraba escondido. Alkar aprovechó ese momento de distracción para asestar un corte a la pierna de su oponente, quien chilló de dolor y se agachó a agarrarse el gemelo recién herido.

¡Ahora!” pensé. Rápido como el viento cambié de posición. El durei sólo vio una sombra sin importancia para él, quien en ese momento tenía el cien por cien de su atención en el him tumbado a sus pies. Volvió a levantar su espada, preparándose para dar el golpe de gracia que terminaría con mi amigo y compañero…

6 de noviembre de 2011

Historias de Guerreros VI: Campamento Durei.

Cuatro  durei en total. Distraídos, aburridos. Uno habla y los demás escuchan. ¿Será el jefe? No creo. Parecen exploradores, espías del clan. Tienen comida como para saciar a toda una aldea… ¿Y los trasgos? No llevan los mismos ropajes que los trasgos de hace tres días… quizá no son los durei que buscábamos… aunque siguen siendo una amenaza para Himmel. Es posible que el trasgo nos mintiera.


Bajo del árbol y me dirijo a mis compañeros. La tensión es palpable. El faero no deja de mirar hacia el campamento improvisado de los durei. Ulkorn acaricia su hacha de dos filos en silencio y Alkar tamborilea sus dedos contra el mango de su espada a dos manos.

— Son cuatro, pero dudo que sean los que mandaron a los trasgos el otro día.

— ¿Cómo sabes eso?— me pregunta el faero.

— Los trasgos que están bajo las órdenes de unos durei visten los mismos colores y ropajes que sus amos. Los trasgos que nos atacaron y estos durei no visten igual. Creo que son espías, pero nada más.

— Son durei igualmente—interrumpe Ulkorn—. Enemigos. Tenemos órdenes de HImmel de acabar con cualquier durei que encontremos a nuestro paso.

— ¿En ese caso a que esperamos? Acabemos con ellos de una vez.

— Eres valiente, faero, pero ten en cuenta que ellos no son como los trasgos. Son guerreros entrenados y con sangre fría. No permitas que la sed de venganza te ciegue.

La voz de Alkar no sólo se dirige al faero. Todos estamos impacientes. Hace tres días que pensamos en este enfrentamiento, y ahora que está cerca no podemos controlar la adrenalina.

— Organicémonos. Yo puedo derribar a uno a distancia con un par de flechas. Mi puntería no fallará.

— No dudamos de ello— me asegura Alkar—. Bien. Cuando de la señal, dispara al que parezca más fuerte. En el mismo momento que las flechas impacten en él, nosotros saldremos desde diferentes posiciones hacia ellos. El factor sorpresa está a nuestro favor, así que aprovechémoslo.

Cada uno se dirige a un punto, haciendo el menor ruido posible. Me escondo detrás de un árbol. Tenso mi arco y apunto. Mi presa es un durei alto y musculoso. Sus brazos son los más tatuados, lo que signifa que ha tenido más victorias que sus compañeros. Cierro un ojo y centro mi vista en la cabeza. Los durei son duros pero si sabes dónde apuntar…

Alkar me hace la señal y libero las flechas.

30 de octubre de 2011

Bajo la tormenta


Suten se encontraba en su despacho, estudiando acerca de las plantas con poderes curativos cuando la puerta se abrió de golpe. La luz de las velas bailó nerviosa a causa del fuerte viento que entraba del exterior y las sombras de los objetos se agitaron en figuras borrosas confundiéndose entre sí.

— ¡Por Eredwen! ¡¡Menuda tormenta está cayendo!!

— ¿Qué tal estás Zur? —preguntó Suten casi sin inmutarse.

— Bueno, ahí ando. Venía a ver qué tal estabas tú. Hace semanas que no te veo por ahí. ¿Has salido alguna vez de esta habitación desde aquel día?

Silencio. Zur se acercó a su amigo que no apartaba la mirada de los numerosos libros, cuadernos y apuntes esparcidos y amontonados por toda la mesa. Su obsesión le había llevado al extremo de no tener más objetivo que esa incansable búsqueda. Vivía por y para aquello y cada día le sustraía una pizca más de energía.

Mientras avanzaba, Zur echó un vistazo a la estancia. Los libros se amontonaban por esquinas y paredes hasta el extremo de no saber qué era pared y qué libro. Los papeles hacían de alfombra y manteles sobre los muebles. Las velas consumidas no eran más que montones de cera derretida. No había comida ni señal de que hubiera habido desde hacía más de dos meses.

Y por primera vez, observó detenidamente a su amigo. Se sorprendió de no haberse dado cuenta de lo consumido que estaba. Sus ojos transmitían un gran cansancio y un terrible dolor, pero no cesaban de trabajar. La piel estaba más pálida de lo normal y en su frente se habían dibujado unas fuertes arrugas consecuencia de la tensión constante en la que vivía. Las vendas de las manos estaban sucias y rotas, ahí donde las vendas no ocultaban la piel había pequeños cortes mal curados. Las yemas de los dedos estaban entintadas de negro.

— Suten, —dijo Zur bajándose al nivel de su amigo al otro lado de la mesa— deberías descansar un poco. Esto te está matando. No hay nada que hacer… admítelo.

— Tú no lo entiendes. Estoy cerca, ahora no puedo dejarlo, sino todo sería en vano. Eren necesita mi ayuda… ¡me necesita! Si logro encontrar una fórmula para…

— ¿Cuánto llevas sin comer ni dormir? Suten, soy tu amigo y lo digo por tu bien. Mírame —le dijo mientras se quitaba el fular que ocultaba su boca—. Vuelve a vivir tu vida.

La habitación volvió a quedar en silencio. Zur mirando directamente a su amigo, sin fular de por medio. Soten por primera vez desde hacía mucho tiempo miraba a algo que no fuese libros o apuntes. Una vela se consumió, como se consumieron las fuerzas de Suten. Se derrumbó en la silla y observó la mesa que tenía delante. Sus ojos se cerraron unos segundos, agradecidos por el breve descanso.

— Nunca me lo podré perdonar, Zur. Me consume por dentro… cada día es un infierno —se quitó el fular que ocultaba su boca—. Eren… se muere. Soy su único familiar… no puedo quedarme a esperar mientras ella se consume…

— A este paso te consumirás con ella. Suten, ya te lo he dicho… Ni los expertos en curación, ni el Consejo saben cómo ayudarla… Ve con ella en vez de aislarte del mundo…

23 de octubre de 2011

En la tetería de Dud


La poca luz que dejaban atravesar las espesas nubes de Eredia lograba llegar débilmente a sus habitantes. La lluvia no cesaba de caer amablemente desde hacía más de dos semanas. La humedad del habiente era palpable en todo ya fuese madera o roca, vidrio o metal. Pronto la capital de los éredos, Dud, quedaría sumida en la oscuridad más fuerte alumbrada únicamente por los farolillos y hogueras, que empezaban a doblar su energía.
En el centro de la ciudad, en la única taberna de todos los mundos en la que solamente sirven té, dos humeantes infusiones esperaban pacientes una enfrente de otra sobre una mesa de madera de duj. Sus dueños hablaban incansables sin percatar en ellas.

— ¿No te das cuenta de que si dedicas tu vida enteramente al arte de la guerra jamás llegarás a ser parte del consejo?

— El consejo ahora no está dentro de mis planes, Sen. Mi objetivo es ser campeón de lanza de toda Eredia. Ya sabes que la lanza no es sólo un arma letal, sino también es el arte d…

— Ya, ya… —interrumpió Sen— el arte del combate. Me lo has dicho mil veces. Te entiendo, Zan. Pero mira tu fular, y fíjate en los del resto de tu edad. Te estás quedando atascado. Puede que tengas las inscripciones del campo de la batalla, y la especialización en lanza. Pero en cuanto a otros temas, nadie recurrirá a ti.

— ¿Y a quién acudirán para saber sobre la lanza y la guerra? Los señores del Consejo, nunca llegarán a ser maestros del arte del combate. Alguien tiene que ocupar ese lugar.

10 de octubre de 2011

Historias de Guerreros V: Venganza


El sol vigilaba detrás de una gruesa capa de nubes grises. El suelo embarrado estaba cubierto de hojas marrones y amarillas por la llegada del Uruth. Mis pies buscaban apoyo sorteando ramas y finos troncos caídos a causa de las grandes tormentas que habían castigado el bosque de Lyrioth como hacía más de medio siglo que no lo hacían.

Aun se podían oír los truenos y ver los relámpagos en el cielo oscuro. Mis pisadas quedaban ahogadas cuando un nuevo trueno hacía presencia. Me seguía preguntando cómo habíamos sobrevivido a semejante infierno. Mis dos compañeros y yo, junto al faero avanzábamos deprisa.

Después del sangriento enfrentamiento que habíamos tenido pocos días antes con los trasgos, al sur de la cordillera de Lyrioth, apenas habíamos intercambiado pensamientos. Durante la emboscada de los trasgos habíamos perdido a los compañeros del faero. “Mis compañeros jamás recibirán el descanso que merecen las criaturas de nuestro dios” fue todo lo que nos dijo. Desde entonces no nos había dirigido palabra alguna. En sus ojos se podía ver el dolor, el odio y la muerte reciente de un ser querido. Sumido en sus pensamientos, se había buscado su comida y refugio… y aun así seguía a nuestro lado camino al campamento de nuestro objetivo común, con un único pensamiento en mente: la venganza.

Entre nosotros tampoco habíamos hablado mucho. Coincidimos quién era el culpable de la emboscada del otro día.  Los trasgos son criaturas al servicio y protección de los Durei. Ellos son la real amenaza, y sabíamos dónde encontrarlos. Uno de los trasgos que nos atacó quedó inconsciente en la batalla. Tardó poco en recuperarse y cuando lo hizo y vio en qué estado habían terminado sus compañeros, se apresuró a desvelarnos el lugar exacto de su líder.

“— ¡El campamento se encuentra a tres días de distancia, dirección norte!”.

 Ya llevábamos caminando dos días y la noche estaba haciendo acto de presencia. En el ambiente se notaba la tensión previa a la lucha.

17 de septiembre de 2011

Reflexiones de un mago.


Tadelion Ojosdeán paseaba por los límites del bosque para despejar su mente de tanto trabajo acumulado. Llevaba varias semanas estudiando lo mismo y aun no había encontrado respuesta alguna a sus preguntas. ¿Qué pasa con la energía de An cuando un ser vivo muere? ¿A dónde se dirige, o en qué se convierte? ¿Significa esto que la esencia de nuestra vida nunca se desvanece y por tanto queda algo de nosotros en el universo? ¿Que en nuestra energía interior llevamos generaciones y generaciones de ancestros?

— Demasiadas preguntas y pocas respuesta nos dejaron los anteriores maestros magos como herencia, viejo amigo.— le susurró Ojosdeán a Guarig, su búho.

Ambos se alejaron siguiendo el perfil del bosque mientras el sol bajaba por el horizonte encrespado de las montañas de Lyorth. 


Camino hacia Tyran en la cordillera de Lyrioth durante la estación de Uruth.

10 de septiembre de 2011

Historias de Guerreros IV: Una nueva amenaza.

Muertos. Habían muerto. No podía estar pasando. Aunque sabíamos a lo que veníamos, jamás pensé que moriría alguno de nosotros esta noche. Y ahora… Ekdar…mi hermano, mi compañero y amigo de siempre… e Innas, una de las guerreras más valientes que mi gente ha conocido estaban… muertos. Mis otros compañeros yacían inconscientes sobre las raíces de los árboles atados de pies y manos. Yo era el único que podría ayudar a mis dos hermanos fallecidos a emprender el camino que hay que recorrer después de dejar el mundo de los vivos para poder reunirse con la madre Naturaleza. Sabía cómo se hacía el rito del Descanso del Alma, pues muchas otras veces lo he visto hacer a los más sabios de mi pueblo. Pero no podría hacerlo si no me quitaba las manos del guerrero him de encima.

El rito debe iniciarse mientras el cuerpo esté caliente, señal de que el alma aun está dentro de él. Si se tarda demasiado, el alma es arrastrada poco a poco por las criaturas de Ur y vagará eternamente por los bosques y alrededores. Jamás llegará a fundirse con la madre Naturaleza y se convertirá en una entidad de Ur.

Estaba sumido en mis pensamientos, cuando una flecha oscura como la noche atravesó el claro en el que nos encontrábamos y dio a parar en el árbol en el que se encontraban mis hermanos inconscientes.

—¡Esa flecha no es del pueblo de los faeros!— exclamó el guerrero enano. Tenía razón, esa flecha tenía unas marcas impropias de los nuestros.

—¡Faero! ¿Quién más ronda por estos bosques? — me preguntó el guerrero de negro.

—Aquellos a quienes mi pueblo teme y odia.

—Si no es de ellos, sólo puede ser de los durei— determinó el him que me tenía prisionero—. Pero es raro que nos adviertan antes de mandar a sus esclavos. Nos deben estar vigilando ahora mismo.

El claro quedó en silencio, interrumpido por las hojas de los altos árboles bailar. El enano arrancó la flecha negra del árbol. La punta tenía restos de una sustancia pegajosa.

—Veneno —dijo en un susurro—. Esta flecha no era una advertencia.

En ese instante aparecieron más flechas y se oyeron rápidas pisadas. Noté como el him me liberaba y vi la rápida reacción de los tres guerreros preparados para luchar contra nuestro enemigo más antiguo. Entonces comprendí que nuestras primeras sospechas hacia estos extraños estaban equivocadas. Tenemos el mismo objetivo.

Cogí mi lanza y me dispuse a proteger a mis hermanos inconscientes, pasase lo que pasase.

3 de septiembre de 2011

Historias de Guerrero III: La emboscada

Como unos lobos se abalanzaron sobre nosotros. Oscuras sombras camufladas en la oscuridad del bosque gracias al barro que cubría la mayor parte de sus cuerpos, dejando ver en algunas zonas unos tatuajes llenos de simbolismo. Nos superaban en número y tenían la ventaja de la sorpresa…o eso es lo que ellos pensaban. Nosotros, aunque muy diferentes físicamente, somos grandes guerreros que han luchado en incontables batallas y han salido airosos de ellas. Puede que estuviéramos en desventaja, pero sin duda estábamos mejor preparados que ellos.

Sombra eliminó a dos de ellos sin problemas con las dos primeras flechas, lanzadas casi a la vez. Este escurridizo compañero a veces me pone de los nervios, pero sin duda es una gran ventaja tenerlo en el mismo bando a la hora de la lucha. Por otro lado, Alkar, un him orgulloso y valeroso, actuaba siempre con control y cada golpe que asestaba a un contrincante rara vez no resultaba mortal. Formábamos un gran equipo, y esos salvajes del bosque no podrían con nosotros fácilmente.

Ante mi se abalanzó un hombre fornido y armado con un par de cuchillas de gran tamaño en ambas manos me atacó sin miedo, aunque no pudo hacer nada contra Trerk, mi hacha de dos filos. El primer golpe que le aseste le hizo caer, lo que me facilitó las cosas para cortarle una mano. Demasiado débil como para seguir luchando contra mí, le dejé en el suelo. Esta gente actuaba por amor a su hogar, cosa que los enanos como yo respetamos en gran manera, y por eso no acabé con su vida como si fuera un perro.

Estos salvajes de los bosques viven por y para su hogar el bosque, quien les da de comer y beber. Lo protegen con su vida. Lo que pasa es que los salvajes, los faeros, desconocían nuestras verdaderas intenciones. Nosotros, Alkar, Sombra y yo, Ulkorn, no estamos aquí para explotar su hogar. Pero parecía que los faeros estaban cansados de visitantes extraños en sus castigadas tierras y habían optado por atacar primero y preguntar después.

Después de una corta pero ardiente lucha, nos encontramos ante dos caídos y otros seis heridos graves. Sólo quedaba uno lo suficientemente consciente como para hablar. Alkar lo tenía agarrado por el pelo. Sombra y yo recogimos y atamos a los demás faeros heridos.

-¿Por qué nos atacáis, faero?- preguntó Alkar a su prisionero.

-Vosotros lo sabéis muy bien, vosotros los hijos que olvidaron a su verdadera madre.

-Nosotros no queremos molestar. Nos hemos internado en el bosque con la intención de no interferir en vuestros poblados, ¿con qué motivo nos atacáis?-pregunté.

-Gente como vosotros sólo ha traído desgracias a nuestra gente y a nuestro hogar. Decís que no sois como los demás, pero habéis matado a dos de mis hermanos. ¿Con qué pruebas demostráis lo contrario? Todos sois iguales, sólo os importa vuestro beneficio y olvidáis lo que os rodea. Nos tratáis como esclavos de los que podéis aprovecharos cuando os viene en gana… No busquéis amistad, cuando ésta hace tiempo desapareció y donde ahora sólo hay odio.

Los cuerpos de los dos faeros abatidos se encontraban en el otro lado del claro. Sombra los miraba en silencio. Le observé bien. Sombra es un ser que casi nunca muestra sus sentimientos ante extraños, pero en esa ocasión noté como la culpa le invadía y la pena crecía en su interior.

El faero seguía hablando, pero ya no oíamos lo que decía. Sombra alarmado se giró hacia mí. Instintivamente me agaché, como si una fuerza tirase de mí hacia el suelo de barro y raíces. Una flecha pasó justo por donde un segundo antes estaba mi cabeza y terminó por clavarse en el tronco de un árbol.

La flecha no tenía las marcas de los faeros. No estábamos solos en el bosque.

31 de agosto de 2011

Historias de Guerreros II: Zukh.

Puede que la noche estuviera muy avanzada y que los altos árboles del bosque ayudaran a mantener la oscuridad, pero aun la fogata que habían encendido los intrusos proporcionaba la luz suficiente como para saber por dónde pisar… pero también lo suficiente como para ser descubiertos. Por ello previamente a la marcha del campamento, Zukh y sus compañeros habían pintado sus cuerpos con ungüento oscuro para ser uno con la oscuridad y con el bosque, su bosque, y así no ser descubiertos tan fácilmente.

Caminaban intentando hacer el menor ruido posible. Los habían acorralado y no lograrían escapar… a menos que fueran lo suficientemente rápidos como para vencer una emboscada que les triplicaba en número. Zukh no era un guerrero que se aprovechase las debilidades de su contrincante. Prefería los combates en igualdad de condiciones, le parecía más respetuoso, más auténtico, pero en esta ocasión acataba órdenes y no tenía elección, aunque el combate fuera de tres contra nueve, teniendo estos últimos la ventaja de la sorpresa.

Así pues, caminaron a oscuras camuflándose con el bosque. Los intrusos sabían que estaban cerca, se notaba la tensión en el aire. Ahora estaban alerta, como conejos esperando el ataque del zorro. La luz de la fogata se fue extinguiendo. Zukh notó como el bosque quedaba poco a poco en silencio, el silencio que precede a la tormenta.

Cada vez estaban más cerca de su objetivo. Notó el tambor que era su corazón, oía el ritmo aumentando rápidamente. Respiró hondo. Dicen que la primera vez que luchas cuerpo a cuerpo es la vez en la que más pierdes los nervios. Pero Zukh vivía cada ataque como si fuera el primero… y el último. Es lo que le hacía actuar con rapidez.

Sus compañeros fareos ya estaban preparados. Todos en su posición, rodeando a sus enemigos desde la oscuridad como lechuzas que vigilan a su presa. En realidad, pensó Zukh, ellos en concreto no habían hecho nada malo contra su poblado, pero sabían qué propósito perseguían. Muchos como ellos habían pasado por allí y todos habían traído desgracias a su tierra, a su poblado y a su bosque. Y por culpa de gente como esa se habían visto obligados a abandonar sus hogares y buscarse otro sitio para vivir. Pero todo esto se acabó.

El poblado de Zukh había empezado a tomar medidas. Primero optaron por expulsarlos de su bosque, como habían hecho los intrusos con ellos durante muchos años quemando tierras, aprovechándose sin escrúpulos de sus reservas de comida y bebida... Pero no obtuvieron los resultados que esperaban. Pensaron que estaban del bando contrario y optaron por atacarles con más fuerza que antes. “Sólo queremos vivir tranquilos” pensó Zukh.

Su adrenalina llegó al borde justo cuando vio la señal. Todos saltaron a la vez hacia los tres guerreros que esperaban el ataque como buenos maestros de la batalla. Zukh vio como el más pequeño de todos, el enano, movía con rapidez su hacha de dos filos, y como el personaje de negro se camuflaba entre la oscuridad igual o mejor que ellos mismos. Por el rabillo del ojo percibió como dos de sus compañeros caían al suelo al unísono.

“Quizá no estemos tan descompensados después de todo” pensó Zukh, y atacó al hombre de la gran espada de dos manos.

17 de noviembre de 2010

Historias de Guerreros


El fuego bailaba con fuerza entre la leña con su característico ritmo lento e hipnótico invitando a todo aquel que le mirase a entrar en un universo paralelo lleno de luz naranja. Sobre él, la luna brillaba por su ausencia. Hacía años que no había una noche tan oscura como esa, pese a las miles de estrellas que brillaban expectantes esperando impacientemente para presenciar aquello que el Destino ya tenía escrito en el guión del Tiempo.
El silencio quería ser el protagonista de esa noche invadiéndolo todo, aunque sin éxito pues se oía la música que el viento tocaba con las hojas de los árboles. Una brisa algo fuerte alteró a una pequeña lechuza que casi pierde el equilibrio. Ésta echó a volar sin rumbo entre los árboles, despertando a un par de ardillas que asustadas saltaron de rama en rama haciendo caer al suelo algunas bellotas y dando de pleno en la frente de Alkar, quién despertó de golpe causando también el sobresalto de sus otros dos compañeros de viaje, haciendo que Silencio se diera por vencido y se fuera por donde había venido. Mientras, el fuego seguía bailando como si nada en su universo paralelo.
Los tres guerreros miraron entre las sombras buscando cualquier tipo de peligro, cualquier simple movimiento, cualquier extraño sonido… cualquier cosa… pero nada. No había nada, exceptuando a las dos ardillas que corrían como locas de un árbol a otro. Después de unos largos segundos de “silencio” Alkar notó como se clavan las miradas de burla de sus dos compañeros en la nuca. Despacio se giró y les dio la cara, preparándose para sus gracias. Efectivamente, sus dos compañeros de viaje le miraban con media sonrisa en la cara. Ulkorn, el guerrero enano, tenía en la mano una pequeña bellota. Casi podía oír sus pensamientos: “Anda que… por una bellota el escándalo que ha montado…”.
-Menudo soldado estás hecho, Alkar. Una bellota… ¡No quiero saber qué pasará cuando se te caiga una rama encima!
-Déjale Ulkorn, pobrecillo, debe tener un susto muy grande metido en el cuerpo… nunca se sabe si se saldrá vivo de un duelo contra una bellota, y menos si ésta te ataca de sorpresa…
-Callaos ya, sabandijas, ¿o debo recordarte a ti, Ulkorn, aquella vez viste la temible sombra de un dragón proyectada en la pared? O no, espera… ¿no era la de un adorable lagarto? Y a ti, Sombra, tú que siempre eres tan sigiloso, tan…misterioso, ¿debo recordarte cómo chillaste cuando una araña se metió entre tus ropas? Casi me dejas sordo.
Irremediablemente, los tres estallaron en carcajadas provocando un estruendo de risas que hasta el propio Silencio escuchó a lo lejos…cosa que no le gustó nada. Pero no fue el único que les escuchó.
Rieron largo rato, dándose fuertes palmadas en la espalda los unos a los otros (tan fuertes que Ulkorn casi tira a Sombra al suelo) ajenos a aquello que las estrellas observaban pasivamente.
Las ardillas inteligentemente optaron por alejarse del lugar, previendo un enfrentamiento nada agradable, al igual que el fuego, quien ajeno a la oscuridad que reinaba, fue marchándose con disimulo del lugar, algo molesto pues nadie le había prestado un mínimo de atención a su baile clarísimamente planeado de antemano… y dejando así en plena oscuridad a los tres viajeros disfrutando de un momento de alegría, cosa que les costaría algo más que un buen recuerdo…

17 de octubre de 2010

Zöeth


Una piedra salió disparada desde un arbusto golpeando con un golpe seco a un cervatillo que estaba pastando en el bosque de Lehm. El animal no sintió dolor, el cazador había perfeccionado tanto su técnica de caza que sus presas no sentía siquiera el frío que acompaña a la Muerte. Del arbusto apareció un fauno de entrada edad. Se acercó y arrodilló ante el animal muerto. Rezó por su alma y pidió perdón por haber cometido tan atroz acto, pero sabía que no tenía elección. Zöeth se levantó y cargó con el cervatillo hasta los dos caballos que transportaban un carro. En él había otros tres animales muertos, resultado de un largo día de caza. Zöeth se dispuso a emprender el camino de vuelta a casa. Ya atardecía y le esperaba un camino largo.
Durante el camino maldijo, como siempre hacía, a los durei. Esta raza llevaba gobernando en su pequeña aldea desde hacía dos décadas. Los durei son seres creados para matar y conquistar, y si alguien se interpone en sus planes, está muerto. Zöeth llevaba más de media vida al servicio de esta cruel raza. Los odiaba por lo que le obligaban a hacer, siempre en contra de sus creencias.
Desde que llegaron al poblado obligaron a los faunos a cazar para ellos, aun sabiendo el dolor que les provoca a estos amantes de la naturaleza dañar a cualquier animal. A las mujeres les obligan a cocinar día y noche para ellos, y cuidar de que no les faltase de nada. Desde aquel trágico día en que llegaron al poblado, los durei han convertido en una prisión aquello que hace apenas veinte años fue su hogar.
Cuando el sol se escondió en el horizonte Zöeth cruzaba el límite del bosque. Se entristeció aun más cuando vio las huellas de las hogueras donde antes celebraban la entrada de la primavera y otras grandes fiestas cantando y danzando al son de la música. Hacía años que no oía una nota musical.
Se dirigió a la choza del Jefe Durei. Sabía que le castigarían por la poca caza que traía hoy, y es que no había sido un buen día. Su puntería estaba empezando a fallar… llevaba varias semanas notándolo, pero no quería decir nada, aunque tarde o temprano sabía que el Jefe lo notaría y entonces le quitaría de en medio como a un perro viejo. Tenía que maquinar un plan de escape, aunque la idea no le atraía mucho… “¿Dejar a toda mi familia, a todo mi pueblo, aquí en manos de los Durei, y huir?” pensaba a menudo, le parecía una acción demasiado cobarde.
Efectivamente, cuando el Jefe vio la poca caza que le traía Zöeth se enfureció con él y le mandó azotar, no esperaba tal humillación del mejor cazador de toda la aldea. Los soldados durei le llevaron al centro de la aldea para que todos pudieran ver el castigo y la humillación pero justo en el momento en que Zöeth apoyó sus rodillas en la tierra una flecha fue a parar al pecho de uno de los guardias durei.
Todos en la aldea se giraron hacia la vez. En ese instante una pequeña silueta salto del tejado de una de las chozas y golpeo fuertemente al durei más alto de la aldea. El enano llevaba un hacha de dos hojas agarrada en la espalda, aunque parecía que con los puños se valía. Su barba era larga y abundante, llena de trenzas y pequeñas piedras decorándola. El enano se enzarzó en un duelo sin armas con el durei, el cual no llegaba a alcanzar la velocidad con la que se movía su contrincante. Al final el enano arremetió un golpe seco en la nuca del durei que cayó pesadamente al suelo. Una flecha pasó velozmente rozándole la oreja y acabó clavándose en un durei. El enano se giró y vio que detrás de él se encontraba su compañero lanzando flechas a diestro y siniestro sobre todo durei que intentaba atacar al enano, cosa que a éste no le gustó nada y miró fulminantemente a su compañero… ¡ya podía arreglárselas él solito!
El impresionante arquero ignoró por completo la mueca que su compañero le hizo y siguió lanzando flechas al enemigo. Nadie sabía si se trataba de un hombre o una mujer, no enseñaba el rostro e iba vestido con una túnica negra que le llegaba a los pies pero su técnica era digna de admirar. Era un ser misterioso, se movía con armonía en todos sus movimientos, su concentración era máxima, flecha que lanzaba, flecha que acertaba. Zöeth se fijó que no obtuvo ningún fallo en toda la batalla.
Por último hizo aparición un soldado him de altura considerable. Éste portaba una espada de dos manos, con símbolos mágicos dibujados en la hoja y una armadura con amuletos de protección mágica. Sus movimientos también rozaban la perfección. En medio de todo aquel caos, el guerrero parecía encontrarse en una dimensión aparte. Su avance era pausado y digno de admirar. Los durei se abalanzaban sobre él con furia y ciegos de ira, pero los movimientos bien estudiados del him acababan con ellos como si se tratase de simples moscas. El primero que osó encararse a él tuvo la suerte de acabar sin cabeza. El guerrero him, tranquilo pero calculador, luchaba sin miedo y con una frialdad digna de los mejores caballeros de Himmel. Un durei se le acercó por la espalda, pero el him con un movimiento rápido se agachó y giró sobre sí mismo haciéndole una herida mortal en los pulmones al durei, que cayó desangrándose al suelo.
Zöeth observó toda la batalla desde el centro de la aldea. Nadie se enteró que estaba ahí. Podía haber huido, pero algo le decía que no debía hacerlo. Sentía el impulso de ayudar a los desconocidos héroes, aunque por otro lado no se veía capaz de ello. Entonces vio al Jefe. Su furia se intensificó tanto que dejó de pensar. Se agachó y cogió unas cuantas piedras. En ese momento el jefe estaba luchando con el guerrero him. No le importaba meterse en medio de un duelo, su ira hacia el durei era tan grande que solo sabía que lo quería ver muerto. Cogió su honda y lanzó la primera piedra. El Jefe la esquivó y miró a Zöeth con odio, el guerrero him aprovechando esa distracción asentó un golpe en su hombro derecho. Zöeth tampoco iba a desaprovechar esa oportunidad y lanzó la segunda piedra, esta vez mortal. Le dio en la sien y acto seguido el durei se desplomó en el suelo desangrándose por la herida de la espada. El guerrero him miró a Zöeth con seriedad y simplemente asintió fríamente con la cabeza. Después se giró y empezó un nuevo duelo con otro durei.
Zöeth notó como le latía el corazón, y la presión que sentía en la cabeza a causa de subida de adrenalina que acababa de experimentar. Y fue en ese momento, en medio de la batalla, en medio de todo ese caos de humo y sangre cuando se dio cuenta que sus vidas iban a cambiar… otra vez.

15 de octubre de 2010

Sangre I


-CONTENIDO VIOLENTO-

Entró destrozando. Destripando, desmembrando. Y con ello destruía personas, familias e ideas. Estaba arto. Decidió acabar con todos ellos. ¿Es que no saben actuar de otra manera? Son animales. Eran animales. Animales con palabra, dispuestos a molestar a sea quien sea que no piense como ellos.
Entrando por la puerta destrozó las piernas a un hombre de mediana edad que salía en aquel momento de ese antro. Más adelante, partió por la mitad a otro con su hacha, y cuando entro en la sala, destripó al hombre que se subía los pantalones después de estar con aquella mujer. Mientras, todos gritaban.
La mujer, con el cuerpo desnudo y cubierto de sangre ajena, intentaba huir, pero se resbalaba sobre el suelo rojo, todavía caliente.
Tras el mostrador, un hombre sacó un artilugio de madera. Él las conocía, disparaban fuego, y luego morías. No iba a dejar que le dispararan. Saltó y lanzó el hacha contra el mostrador lo más fuerte que pudo.
Volaron astillas. Ni rastro del mostrador. Sólo se veían las piernas del tabernero, y el mango del hacha.
Los dos hombres que quedaban aprovecharon para atacarle ahora que estaba desarmado, pero los esquivó sin problemas. Un puñetazo en la boca del estómago dejo sin respiración a uno, y un golpe seco hundió la tráquea del otro. No pudo ni gritar mientras destrozaba su cara a patadas.
Cogió su hacha. Tenía que acabar con esto. Un hachazo a la columna lo dejo fuera de combate. Sólo quedaba la mujer.
No os engañéis, no había sido violada. Ella era tan culpable como los demás. Y todavía seguía en el suelo, desnuda, cubierta de sangre, y con una mueca de terror en la cara.
-P… Por favor… N… No me mates… Yo… Ya…
-Cállate- respondió secamente- Te mataré aquí y ahora. Es lo que os merecéis todos.
-No… Yo… Yo… - No podía hablar, nunca había visto a la muerte tan de cerca, y esta vez no se iba a librar.
No titubeó. El grito de aquella mujer cesó de golpe. Justo al mismo tiempo que el hacha que atravesó su cuello y dio a parar contra el suelo de madera.
Él estaba cubierto de sangre. Es probable que por eso le llamen así; “Sangre”. Iba a llamar la atención ahí fuera, pero eso no era lo que más le preocupaba. Sino las pesadillas que le perseguirían los próximos días.

17 de septiembre de 2010

La historia de Adhara


Adhara se encontraba recogiendo trigo en los campos cercanos a su aldea cuando llegaron volando y lanzándose en picado por las calles con un objetivo fijo.
Una pequeña escuadra Sháedir del clan de los Cuervos atacaba la aldea con furia y rabia, pero en sus caras no había rastro de odio, sino de diversión. Para ellos eso era habitual incluso placentero, en sus mentes estaba el recuerdo de lo que sucedería después de la cacería, y eso les llenaba de júbilo. Son viles criaturas entrenadas para cazar a mujeres humanas, pues las necesitan para que su especie sobreviva ya que sus hembras son estériles. Para ellos son simples juguetes sexuales. Ven a los humanos como seres inferiores, insignificantes, pero en su interior saben que sin ellos su especie perecería, aunque no por ello les tratan como seres humanos sino como simples animales. Los Cuervos son los más violentos de entre los de su especie.
La aldea estalló en fuego, humo y sangre. Los Cuervo mataron a todo hombre ya fuera joven o anciano, incluso recién nacido. A las mujeres jóvenes les tapaban la cabeza con sacos y se las llevaban, las que eran demasiado ancianas o niñas las mataban sin compasión. Quemaban casas y mataban animales. Son soldados entrenados para cazar.
La casa de Adhara era la más alejada de la aldea y la distinguió enseguida de las demás casas ardiendo. Aún no estaba envuelta en llamas y una chispa de esperanza surgió en su interior. “Aún no han llegado a mi casa” pensó. Pero se equivocaba. Fue corriendo escondiéndose cada vez que uno de ellos pasaba cerca de ella. Cuando llegó miró al interior por una ventana trasera que daba a la habitación central. Todo estaba en orden, ni rastro de violencia, demasiado tranquilo. Se dirigió a la cuadra donde se encontraba su caballo, su padre había ido de viaje para comerciar con la aldea vecina así pues se había llevado el suyo. Cuando llegó su corazón dio un vuelco, su caballo estaba tendido encima de un charco de sangre y paja. Asustada miró alrededor pero no sintió presencia alguna. Fue al interior de la casa, despacio sin hacer ruido. Y entonces la vio. Oculta entre cestos de paja su hermana pequeña se encontraba tendida en el suelo bocabajo. Supuso que su madre la había escondido allí en un vano intento de protegerla. Parecía que dormía plácidamente, aunque ella sabía que no era así. Adhara sintió como todo su mundo se hundía en las tinieblas, apenas sentía las piernas. Se arrodilló al lado del cuerpo inerte de su hermana y dos lágrimas resbalaron por sus mejillas hasta caer en el suelo de madera. Pensó en su madre. No la volvería ver. Sabía lo que le esperaba. “Con suerte morirá antes de que le violen”, pensó. Su corazón no soportará la pena y terminará por pararse, pero los sháedir no dejarán su cuerpo en paz y la maltratarán pensando que simplemente se ha desmayado.
Lloró en silencio deseando que su madre sufriera lo más mínimo. De repente oyó un ruido en el porche de la casa. Adhara se levantó haciendo el menor ruido posible, pero sabía que ellos ya le habían oído. Fue hacia la puerta por la que había entrado y de camino cogió un cuchillo largo y afilado. Antes de caer entre sus brazos prefería quitarse la vida. Se dispuso a clavarse el cuchillo en el corazón cuando en ese momento un Sháedir hizo estallar la puerta que estaba a sus espaldas. Del golpe cayó al suelo y el cuchillo salió disparado de sus manos cayendo a tres metros de ella.
En el suelo tendida se movió por puro instinto. Error que recordará para siempre. Si se hubiera quedado quieta, fingiendo estar muerta igual hubiera tenido una oportunidad de escapar. Él se acercó y puso un pie encima de su espalda, haciéndole caer al suelo de golpe. Sintió como le faltaba la respiración, notaba su corazón latir con fuerza acelerado. En el suelo proyectada estaba la sombra del sháedir. En sus manos tenía una larga espada que cortaba el aire aun estando quieta. El sháedir cogió del cabello de su presa e hizo que le mirarse a la cara. Sus ojos eran oscuros y llenos de júbilo, y con una sonrisa tan gélida como el hielo dibujada en su rostro. Detrás de él aparecieron otros dos más, ambos con espadas también. Sus alas eran tan grandes como la puerta por la que acababan de pasar. Los tres se miraron y sonrieron. No pronunciaron palabra alguna, no hacía falta, todos sabían lo que iba a pasar. Uno de ellos sacó un pequeño saco de una bolsa que tenía colgando del cinturón y se la pasó al que agarraba el cabello de Adhara. Le miró a los ojos a ésta y supo que jamás olvidaría esa mirada. Le puso el saco en la cabeza y después, simple oscuridad.